Durante décadas, el sistema eléctrico español se apoyó en un modelo en el que la generación convencional seguía a la demanda, la nuclear y las tecnologías térmicas cubrían la base, los ciclos combinados respondían a las puntas y la demanda mantenía un papel pasivo. Sin embargo, el fuerte crecimiento renovable y la progresiva electrificación de la demanda están modificando de forma estructural las necesidades de flexibilidad, firmeza y estabilidad de la operación eléctrica.
En este nuevo escenario, el almacenamiento energético se convierte en una pieza clave para absorber los excedentes de energía solar y eólica, reducir los vertidos y garantizar suministro firme en los momentos de mayor demanda. El bombeo hidráulico y las baterías aportan valores distintos al sistema, y su desarrollo se compara con la experiencia de mercados de referencia como Reino Unido, Alemania, California y Australia, donde estas tecnologías ya conviven con altos niveles de penetración renovable. Este cambio también transforma la forma en que se fija el precio de la electricidad, lo que hace necesario revisar los mecanismos de mercado de capacidad que remuneran la disponibilidad firme de cada tecnología.
Más allá del mercado, esta transformación también se traslada a la propia operación técnica del sistema. El almacenamiento pasa a jugar un papel activo en los servicios de ajuste, en servicios de red como el control de tensión y la inercia, y en los procesos de reposición de suministro tras un apagón. Sin embargo, su despliegue no está exento de obstáculos: persisten barreras regulatorias que frenan el desarrollo del bombeo, y una creciente dependencia de proveedores extranjeros para la fabricación de baterías, frente a una cadena de suministro más local en el caso del bombeo.